
En esas horas quise tener el poder de conciliar el sueño de nuevo, me sentía totalmente relajada, sabía que era lo más cerca que estaría de una buena siesta, así que lo disfruté al máximo; luego de un par de minutos más salí de mi sopor, tomé una ducha y ahora me estaba terminando de arreglar para ir al encuentro de mis amigas.
Finalmente me decidí por unos vaqueros desgastados, una camiseta de franela sin mangas color negro y mis zapatillas deportivas; acomodé mi cabello en una coleta alta dejando que mis rizos de suaves hondas acariciaran la parte de atrás de mi cuello. Aun estaba completamente alucinada, no podía creer que estaba allí, en ese pequeño departamento que alquilé por un par de días en la Ciudad de México. Finalmente, después de una larga espera vería a mis rayitos de esperanza, todas finalmente reunidas. Mis salvavidas personales estarían conmigo, podría estrecharlas y llenarlas de besos que había reservado para ellas en agradecimiento por su amistad.
Suspiré sin darme cuenta, a decir verdad las había conocido hace algunos meses, y había sido el milagro de mi existencia. Ya no me sentía vacía, a decir verdad desde aquel día los días transcurrían a plenitud; no me importaba vagar sola por las calles porque sabía que a través de la pantalla de mi ordenador estaba junto a las bendiciones que un Dios misericordioso había puesto en mi camino. Me incorporé del bordillo de la cama donde me había sentado y me dirigí a la mesa destartalada que había en la habitación contigua, saqué mi portátil del maletín y la encendí.
Abrí el Messenger para encontrarme con que la mayoría de las chicas estaban en línea. Habíamos acordado un sitio de reunión en un café de la ciudad; le hablé a Cit rápidamente para confirmar la hora de reunión y me despedí de todas con un gran pesar, sabía que las vería a todas en unas horas, pero aún así, despedirme me lastimaba profundamente. Cerré la portátil y lancé la vista al reloj de muñeca que reposaba en mi brazo izquierdo. 3:30 pm; sabía que aún no podía salir, acordamos vernos a las 7 pm porque a esa hora, el sol ya estaba completamente oculto; vamos, ser vampiro en estos casos no era tan bueno. Caminé de nuevo a la habitación y me detuve frente al enorme espejo de la pared; observé cada detalle, desde mi vestimenta completamente causal hasta mis ojos de un intenso color ocre; me pregunté cómo serían ellas, es decir, las había visto en fotografías, pero mi estómago se hacía un puñado de nerviosismo al imaginarlas todas ahí reunidas. ¿Les agradaría? ¿Qué pensarían? Cientos de preguntas se arremolinaban en mi cabeza alimentando el susto que sentía. Mi mente hizo conjeturas inimaginables durante aquellas horas que habían tomado el puesto de “las más largas de la eternidad” Observé cómo la cegadora luz desaparecía gradualmente de la ventana cubierta por pesadas cortinas color violeta, finalmente me moví para ver de nuevo el pequeño reloj dorado, 5:45.
-Por fin, hora de salir.- dije emocionada con la más amplia de las sonrisas. Me coloqué un sweater ligero de un intenso color rojo y lancé la capucha sobre mi cabeza para protegerme del sol. Tomé el pequeño juego de llaves, lo lancé dentro de mi cartera y salí.
Vagué por las calles a un paso humano demasiado lento, observando el tránsito y las personas que caminaban rápidamente por las aceras, algunas me veían boquiabiertas, la mayoría chicos. Sonreí ante la ironía y continué mi marcha; finalmente llegué al café acordado. Mi corazón helado dio un vuelco al ver el anuncio en la esquina próxima, era un sitio pequeño y discreto, perfecto para que un grupo de amigas con vida eterna y que se alimentan con sangre hiciesen su primera reunión emotiva.
Deseé correr, llegar allí en un palpitar, pero había demasiada gente, y el ver una chica correr a una velocidad muy cercana a la del sonido no sería algo que pasaría desapercibido. Aceleré el paso y finalmente coloqué mi mano en la puerta, la empuje suavemente y esta abrió con un crujido; dentro se dejaba oír una agradable música de fondo, el ambiente era cálido y flotaba un aroma dulce que conocía muy bien. ¡Estaban aquí! Sonreí eufórica y di un paso hacia adentro.
A decir verdad el sitio estaba atestado, todos los gabinetes estaban repletos, sin embargo, una cabellera de un fulgurante color rojo llamó mi atención. Los nervios se acrecentaron en relación mil a uno al reconocer a mi amiga Citlally, caminé rápidamente hasta llegar, sin darme cuenta a un trote humano, no podía creer que finalmente estuviésemos aquí. Me abalancé hacia ellas mientras que mis ojos ardían, ya estaban allí Karen, Mandy, Silvia, Citlally, Mapa y Patty… sólo faltaban Vale y Astrick. Algunas de las chicas no habían podido asistir, cosa que lamentaba en lo más profundo.
No podía creerlo, me sentía en un estado de sopor que apenas distinguía qué era verdad. Las abracé fuertemente a cada una, en realidad alejarme de ellas era como caer en las mismas llamas del infierno, llené sus rostros de besos e intenté balbucir algunas palabras sin mucho fruto, debido a que todas se agolpaban entre mis labios produciendo un sonido extraño.
Cuando llegaron Vale y Astrick todo aquello se repitió, nos volvimos una masa de abrazos, besos y ojos enrojecidos por la falta de lágrimas. No cabía en mi misma de alegría, las apapachaba y abrazaba con tanta fuerza que de ser humanas las hubiese partido en dos. Las amaba, la adoraba con toda mi alma y mi ser; eran simplemente perfectas, con sus errores que cubrían con virtudes, todas tan hermosas y dulces, estaban conmigo, no me sentía sola, me sentía tan… tan…
-¡Señorita! ¡Señorita!- escuché una voz lejana, abrí suavemente los ojos y me desperecé. Un hombre me veía con curiosidad y preocupación. Di un respingo y acomodé mi cabello detrás de mi oreja.- Menos mal que despertó, por un momento me asusté. Estaba dormida y lloraba.
Sonreí suavemente y le detallé.
-Gra-gracias.- balbuceé, era muy alto y fornido, su cabello era ligeramente rizado y negro como el azabache, sus ojos de un profundo color café y una sonrisa perfecta.- no me pasa nada, era un sueño.
Él sonrió y asintió. De pronto, una voz se dejó oír por los altoparlantes.
“Vuelo 408- con destino a Ciudad de México, por favor abordar por la puerta 6”.
Me incorporé sonriente de la silla metálica donde había tenido el mejor de los sueños y me despedí con la mano de aquel hombre, él se levanto y extendió un pequeño papel hacia mí, lo miré anonadada y alcé la vista para hacerle una pregunta, sin embargo, había desaparecido entre la multitud. Al abrirlo pude distinguir una perfecta caligrafía que dictaba un número acompañado de un nombre “Emmett McCarty”. Sonreí completamente alucinada y caminé hacia la puerta que me ofrecía el destino. Preparada para mi gran alegría, a fin de cuentas, era un buen día.